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miércoles, 6 de octubre de 2010

La máquina “Rompe cráneos”

Rompe Cráneos: El reclusorio busca castigar, no rehabilitar.

Los reclusorios, al menos en México, tienen la misión de reinsertar en la sociedad a cualquier persona que impuso sus leyes frente a las que rigen en su Nación o Entidad. Se atenta contra el orden y la paz cuando se da la cancelación, por parte del individuo, del reconocimiento y obediencia a la ley. Así, por ejemplo, el ladrón decide robar pese a que existen leyes que lo prohíben, ya que encuentra (como Hume expresa en el “Tratado de la naturaleza humana”) ventaja al no reconocer dichas leyes. El reclusorio se propone, en la forma más vaga, tres cosas: castigar, rehabilitar y reinsertar. Porque de eso depende el orden: reconocer y obedecer la ley.
Ahora bien. Lo que está en juego es la conducta, la desobediencia del individuo hacia la ley ¿es necesario el castigo? Imaginemos lo siguiente:

Samuel desobedeció la ley al robar, con el arma de su abuelo, a cinco peatones en un sólo día. Su botín fue equiparable a la paga mensual de un obrero.

Es evidente que Samuel ha descubierto que saca mayor ventaja al ir en contra de la ley. Sin embargo, al mismo tiempo, no le conviene que los demás o todos realicen el mismo acto. Esto se explica por el imperativo categórico kantiano. Toda persona racional y razonable, como Samuel, puede realizar un imperativo categórico, en el que descubren que si todos robaran, de nada serviría pues de un día al otro les robarían lo que ellos robaron; de tal manera que encuentran desagradable un mundo con esa máxima.

También podemos ver que Samuel seguirá ese patrón, e incluso puede llegar un momento en que olvide por completo la ley que condena tal acto y el castigo por el mismo. Sigamos imaginando:

Después de un año, habiendo vivido cómodamente, Samuel es sorprendido robando por una cámara de vigilancia del Distrito Federal. Además, la última persona a quien robó está lo suficientemente molesta como para atestiguar en su contra.

Es hasta ese momento que hace su aparición la justicia positiva del (insipiente) Estado mexicano. Samuel podrá berrinchar, llorar, prometer que no lo volverá hacer, pero ante la ley nada sino los hechos delimitan la sentencia. Ahora fantaseemos:

Samuel no sabe que un científico mexicano logró, mediante la máquina “Rompe cráneos”, cambiar en dos días las conductas de los seres humanos. Ni tampoco que en los reclusorios han aprobado que se utilice dicha máquina con los internos para reinsertarlos a la sociedad.

Pienso que no sólo sería bueno para un civil que le asegurasen que Samuel no volverá a robar, sino que además se podría gastar sus impuestos en otras cosas. En dos semanas el criminal estaría de nuevo en la sociedad y moriría de hambre antes de volver a robar. El problema es que se atentaría contra la naturaleza humana: la elección. Pero bueno, sólo estamos fantaseando. Hasta aquí parece que deberíamos darle el Nobel al científico mexicano pero cambiemos el crimen:
Samuel abusó sexualmente de Samanta, una niña de 10 años. La amenazó, le dijo que mataría a toda su familia.

Hagamos más cruel el asunto:

Samuel, al cabo de un año, había abusado sexualmente de una docena de niños y niñas. En una ocasión mató a Juan, un niño de 8 años, enterrándolo en el jardín de su casa. A partir de una denuncia anónima por parte de un niño, logran su detención.

Imagina que fueras el padre o madre de uno de los niños y te dijeran: “no se preocupe, hemos detenido a quien abusó de su hijo. Cuanto antes lo someteremos a una máquina llamada “Rompe cráneos” que corregirá la conducta. En dos semanas estará de nuevo en las calles. Debe estar segura de que jamás volverá a tocar a su hijo o a cualquier menor”. ¿Lo aceptarías o desearías que recibiera un castigo, que pagara con su libertad durante quince años, que los internos del reclusorio lo violaran? O aceptarías la oferta para, al verlo en las calles, matarlo. ¿Qué harías?
Me quedan cinco minutos para salir de mi servicio social, y si escribí este disparate fue sólo porque ayer me surgió la idea de la máquina “rompe cráneos”. Así que no creo retomar el tema. Hagamos rápidamente unas conclusiones. Demasiado tarde… háganlas ustedes mismos. ¿Se busca el castigo o la rehabilitación, o bien rehabilitarlos castigándolos? Y recuerda, tú también podrías imponer tu propia ley.
Un beso
Alan R. Ramírez
(Escrito en el imjuve)

sábado, 17 de abril de 2010

Fábula del hombre, la botella y el cigarro.

Alan R. Ramírez
Para mi primo Diego Rojas (fotolunático)

Inspirado en una de sus fotos.


Fábula del hombre, la botella y el cigarro.

Cobijado por el largo velo de la luna, un hombre reposa en soledad.
Destapó una cerveza y, justo antes de besar la boquilla, ésta le dijo: “Notó tu angustia, ¿qué os pasa?”

-Lo sabes bien, ¿qué otra cosa, querida botella, puede hacerte hablar?- contestó con resignación el hombre.

-AMORonstruosidad, sin duda alguna. Todos recurren al néctar del olvido; clavándolo más en el cofre del recuerdo-

-¡No!- gritó el cigarro- más fuerte es el remordimiento. El amor da vida y el error la pone en duda. El amor no mata, lo que mata es la estrategia. Nos llaman porque están arrepentidos, pues ¿cómo brindar y fumar por amor, si ya no está presente? ¿Cómo? El hombre es estratega, yo, su amigo el cigarro, lo sé mejor que nadie.

El hombre bebió de un golpe la cerveza y trasformó, de tres fumadas, al cigarro. Al final, la luna dijo: “Querido, jamás podrás estar solo”.


lunes, 8 de marzo de 2010

Una pequeña oda al cigarro.

Alan R. Ramírez.


(Después de conocer la derrota, de caer abatido por el amor: escribí estas líneas)



Una pequeña oda al cigarro.


Si alguien entendiera mi dolor,
me arrojaría una caricia;
aunque fuese por lastima.





Me sumerjo por el humo más espeso de mi vida. Los doctores dicen que un joven no debe tener tales excesos; yo, como siempre, miro desde la oscuridad. Mamá no quiere verme en ese armario, escondido, besándome con mi humo. Mamá no quiere verme sufrir, por eso vuelo sobre el laberinto a otro lugar con mi amado humo. No quiero que me deje, ya muchos desde niño lo han hecho; quisiera ser un niño, tan sólo un niño. Mamá dice que moriré, pero yo tan sólo quiero ser un niño.


Intento no pelear con mi humo, no quiero que me abandone. Dice que mis dedos lo excitan: aunque solamente son dos quienes lo aprietan. Quisiera ser como él, llorar por un momento y, después, desvanecerme: invisible y en boca de todos.


Un día tuve miedo, y él me obsequió un anillo para calmarme; pero al ser pequeño se atoró en mi uña. Es tan amarillo y hermoso su anillo. Yo sólo le he podido dar mi cuerpo, con el que diariamente se masturba, y, ¡lo vale! Que hermoso es mi anillo.