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domingo, 4 de diciembre de 2011

SÁNCHEZ: EL JEFE DE GRUPO / Alan Rojas Ramírez

La secundaria es terrible para quien no está dispuesto a cortarse las uñas y podar el pasto de su azotea a casquete corto. Terrible su imposición. Terrible el levantamiento de traseros cada que el profesor, a su entrada magistral, rompe la divertida parcimonia de quienes no gustamos colocar grilletes a lápices y plumas.

No negaré que pasé días enteros, quizás semanas, esbozando el plan para derribar aquel sistema. Colapsarlo. Ponerlo a mi servicio. ¡Ah cuán difícil fue! Todo estaba perfectamente armado: profesores, tutores, prefectos, libreta de reportes, la gorda de orientación, sub y director; hasta lo invisible tenía forma: conserjes, cabo de conserjes, laboratorista, proyectista y comitiva escolar. Máquina más perfecta no pudo ser construida. Hasta el hedor de los baños tenía un ser… un “para-qué”. Sin embargo, al arquitecto de aquel formidable palacio se le escapó un detalle.

Un día escuché, no recuerdo en dónde, que un tal Aristóteles dijo que la democracia nos llevaba a la tiranía, porque el pueblo no conoce la verdad. ¡Eureka!

El 19 de agosto estaba programado que el salón eligiera, por decirlo de una manera sana, a su representante: su jefe de grupo. Quien tendría la obligación de controlar a sus compañeros, rajando como cabra ante las autoridades, y por medio de la libreta de reporte, cada una de las fechorías cometidas en la ausencia de servidores y esclavos públicos.

Sánchez (Luis) era el chico más bruto y dócil de la escuela. Podía golpear su cabeza contra cualquier otro compañero sin cerrar los ojos; por diversión, para ver el destello fugas que le permitía comunicarse con fantasmas. Él podía ser el jefe de grupo; no necesito decir con qué fin. Tardé cuatro o cinco recreos para convencer a cada uno de los compañeros de proponerlo y votar unánimemente por él; y fue mi puño quien doblegó a los moralinos.


Tal como lo estipulado, el día 19 se presentó la prefecta e hizo que colocáramos en un pedazo de hoja el nombre de nuestros candidatos. Ya todo pactado, hicimos lo propio.

La prefecta abrió el primer papel: “Sánchez”. Pensó, desde luego, que era una broma. El segundo papel: “Sánchez”. Tercer papel: “Sánchez”. Al onceavo papel, se detuvo.

-No es posible- dijo alarmada –Sánchez no puede ser su jefe de grupo.


-¿Por qué lo discrimina?- pregunté con atrevimiento- ¿Es demasiado tonto?

-Yo no quise decir eso, Rojas- contestó intentando justificar su veto- Pero…

Justo en ese momento Sánchez se levantó y dijo con los ojos rojos y cristalinos: “Maestra, seré tonto en las mates y güey hasta en el fútbol, pero si usted me… me enseña, daré el todo para ser el más chido jefe de grupo… de todas las secundarias… de todas”.

Hace dos meses que pasó lo narrado: ¡y ya llevo tres reportes y un citatorio! Y todo porque la democracia “es” lo que el hombre puede llegar a “ser”: tirano, tonto o virtuoso.


viernes, 18 de marzo de 2011

Cartas Anónimas / Alan Rojas Ramírez


I

Despertó con la convicción de que no volvería a saber de ella. Se lo decía la tenue luz que escurría por su ventana, el patético canto de los pájaros y su agitada respiración.

No lloró, no esta vez… prefirió tragarse la amarga saliva y las flemas cigarreras.
No llamó, no esta vez… prefirió encender otro cigarrillo y caminar soezmente por la habitación.

Con la espalda encorvada y los ojos idos, ejecutó la danza de los despechados. Cada recuerdo materializado fue cayendo en la enorme caja blanca: las cartas, el oso de peluche y la sexy tanga negra; la chamarra que le regaló en navidad, los zapatos que nunca utilizó y, por su puesto, el álbum que juntos adornaron; los discos de música, la novela de Arthur Golden… y lo demás también. No se detenía en ver aquellos objetos, sólo los arrojaba con furia intempestiva al sarcófago.

Tan pronto consiguió purgar su morada, tomó la pesada caja y, subiéndose al carro, se fue sin rumbo fijo.
Habrá manejado cinco horas antes de encontrar el lugar: un sombrío parque carcomido por la desolación. Sólo brillaba una fogata, como pequeña luciérnaga perdida en el desierto; lugar donde el lumpenproletariado se abrigaba del frío. Sin pensarlo, se dirigió hacia ellos. No le importó el crujir de las mandíbulas de aquella paria. No le importó nada, sólo se acercó y tirando la caja, dijo: “Tomar lo que les apetezca. Lo que no sirva, que bien logre alimentar su fuego”. Y realizando un gesto tajante, una mueca desabrida, se despidió de ellos. No fue hasta que prendió de nuevo el carro, que logró llorar… y su lamento se mezcló con el ronroneo del motor.

II

Los vagabundos se abalanzaron sobre la blanca y arrugada caja. Se manoteaban y codeaban, e incluso comenzaron los golpes por la chamarra.

-Aún apesta- dijo uno de ellos al frotar en su nariz la tanga negra.

-Oh, sí que apesta- replicó otro mientras le arrebataba la prenda.

-Sss, estaba chula la condenada- dijo aquél pasando las fotos a sus compinches.

Sólo un viejo, de saco roído y pútrida imagen, esperó a que todos volvieran a su inerte estado: gárgolas idiotizadas por el danzar del fuego. Tomó la caja con sumo sigilo. Sonrió al ver que a él le había tocado lo mejor: las cartas. Las ordenó cronológicamente, para después leerlas una a una; con la intención de recrear toda una vida y, con ello, la muerte entera.

Llevaba a todos lados los vestigios de aquel amor, ruinas entintadas. A veces, a penas terminaba de limosnear en algún crucero, se compraba una cajetilla de cigarros y las volvía a releer; cada vez intentando descubrir algo nuevo: “Las palabras no pueden expresar lo que tus besos sí consiguen”, “te regalo mis ojos, para que veas lo hermoso que eres”, “No lloro porque me hayan lastimado tus palabras, sino por el amargo deseo de nunca haberte conocido”. ¡No! Creo que no quería descubrir algo nuevo, sino era el hecho de saber si lo había leído bien, pues a veces parecía otro idioma: msj, bn, k, XD, pro, tkmmmm. En fin.

III


Un día, cuando el viejo descifró y memorizó cada una de las cartas, se le ocurrió una idea. Prendió un cigarro y, en un acto vandálico, borró el nombre del destinatario y la firma del remitente. Las convirtió en anónimas; liberadas de toda responsabilidad con la historia.

En su andar, pasado un tiempo, descubrió un triste barrio de clase media. Nadie se saludaba. Todos eran perfectos desconocidos, e incluso indiferentes con el entorno en que habitaban; gran ejemplo era el pequeño jardín céntrico, cuyas enredaderas arropaban árboles y escondían nidos de ratas. Incluso carecía de comercios; el más cercano estaba a veinte minutos caminando.

Una madrugada, el viejo vagabundo de saco roído, depositó en los buzones y pórticos las sesenta y cinco cartas. Ni él sabía lo que deseaba con semejante acto, sólo se vio impulsado por una extraña fuerza. Ellos lo necesitan más, pensó, que buen provecho les haga.

Regresó a las tres semanas y dio cuenta de que la gente se saludaba arrojándose, como sablazos, algún piropo: “Hola vecino, esa camisa le sienta bien”, “¿Quiere que le ayude con la bolsa Lucero? No podemos dejar que se lastime esas hermosas manos”, “Ay vecinito, disculpe si lo molesto pero no tendrá un poco de azúcar que me regale”. Hasta la calle olía diferente, como perfumada: mezcla homogénea de la esencia de cada uno de los colonos que, por cierto, armonizaba perfectamente.

El anciano no estaba seguro de que fuera por obra de las cartas, hasta entrada la media noche. Descubrió que, bajo el cobijo de la luna, una nueva y extraña costumbre había despertado en aquel barrio: la gente salía a caminar con un sobre entre las manos.
FIN.
epílogo
ahora el tipo del sarcófago escribe cuentos jaja

martes, 16 de noviembre de 2010

Yuhumke

Yuhumke

Alan R. Ramírez


Hacía años que Yuhumke dormía con el televisor prendido. Incluso despertó en él la virtud de economizar en los gastos escolares, a fin de poder pagar a sus hermanos para que lo dejaran estar en su cama. Pero apenas lo sorprendía su padre, era reprendido o humillado; haciéndole saber que sólo los maricas duermen juntos.


Su abuela era la única que intuía que algo malo le pasaba a su nieto de diez años. Le veía siempre solo. Su miedo era exteriorizado en sus negras ojeras, en su esquelético cuerpo y boca seca y cuarteada. Los niños de su edad lo rechazaban, lo percibían como algo maligno y de quien se tenía que huir. Hasta su propia madre sentía escalofríos al verlo merodear por la casa con su lámpara de baterías. Así fue como todos dejaron de prestarle atención, le comparaban con un objeto más del entorno en el que se encontraba. Sólo la abuela, quien compartía la misma segregación por la sociedad lo entendía o lo intentaba entender.


Yuhumke fue elegido por Nalhá, el demonio encargado de guiar las almas que adeudaban favores a Braxos.

-Yuhumke- le decía desde la oscuridad. –Ven conmigo. Yuhumke. Ven hijo. ¡Ven!


Él, en cambio, se escondía entre los cobertores. Hacía pequeñas bolitas de papel y las introducía en sus oídos. Murmuraba para crear un propio ruido interno que, junto al susurro del televisor, opacara el bufeo de Nalhá.


La primera vez que lo vio, fue porque pensó que era una broma de sus hermanos. Saltó de la cama y se dirigió al lecho del que brotaba la agria respiración. Justo detrás del closet, entre los abrigos. Sacó su lámpara y como revolver jaló el gatillo disparando la luz. Medía a lo mucho metro y medio; sus largos brazos lo hacían encorvarse, como jorobado; de piel roja, o negra, o mezcla de rojo y negro; su cara era hermosa, labios carnosos y nariz delicada; sólo los ojos desentonaban, eran como dos carbones al rojo vivo. Yuhumke cayó al suelo y quedó por un momento petrificado. Veía como Nalhá se aproximaba a él y le extendía su mano con dedos de tarántula. Mas al momento de tocar el rostro de Yuhumke, éste salió disparado al cuarto de sus padres. Le explicó todo. Los guió hasta el lugar… pero nada… se había ido. Volvió a llevar varias veces a sus padres, después a sus hermanos, hasta que la familia por completo lo tomó como un niño con amplia imaginación.


Desde entonces él se hizo cargo del asunto. Debajo de su cama montó imágenes de Cristo; que adquiría en la iglesia. En una ocasión logró comprar agua vendita, misma que roció por todo el closet. Pero nada cambiaba, peor aún: Nalhá comenzó a rasgar la madera del closet o gruñir. Yuhumke optó por dejar la luz del cuarto prendida. Sólo así lograba dormir un poco, pero pasado un tiempo el ruido lo despertaba y se daba cuenta que la luz y el televisor estaban apagados. No sabía como Nalhá lograba eso, hasta que descubrió que no era él sino su padre, quien, al ir al baño, pasaba con Yuhumke y apagaba todo mientras el dormía. Resignado, no le quedó otra masque dormir enconchado debajo del cobertor.


Justo cuando comenzó la costumbre, las cosas empeoraron. Yuhumke no sólo era llamado desde la oscuridad, sino que Nalhá, en su furia, le movía la cama; o hacía cualquier maldad que se le ocurriese.


La última noche Nalhá sobrepasó la raya, pues no soportaba la indiferencia del niño.


-Yuhumke, Yuhumke- con rasposa voz le decía –Ven. Te daré inmortalidad y juntos danzaremos para alegrar el corazón de Braxos- le jalaba la sábana –Te digo que vengas- y por último le quitó por completo la cobija- Yuhumke, Yuhumke.


Pero Yuhumke permanecía como roca. Podía sentir la mano de Nalhá acariciando su pierna y, sin embargo, no movía un solo miembro de su cuerpo. En ese momento deseaba correr, volar o desaparecerse; gritar tan fuerte como su pequeña garganta se lo permitiera o morir. Pero ocurrió todo lo contrario.


-¿Por qué no me dejas Nalhá?- dijo murmurando, sin abrir los ojos o descongelar su cuerpo.

-Yuhumke- Respondía con la misma voz rasposa –Te elegí a ti porque tu alma es pura. Ven conmigo. Braxos te recibirá con alegría. Te regalaré almas, para que te sigan como perro. Yuhumke. Ven.

-¡No quiero!

-No tengas miedo.

Yuhumke sabía que jamás lo dejaría. Que no importaba cuantas suplicas realizara, siempre lo buscaría. Así que tomó la decisión.

Nadie hubiera sabido de su ausencia, sino era por su abuela. Ella fue quien dio la noticia de que Yuhumke no estaba. La búsqueda fue silenciosa, la casa se inspeccionó minuciosamente; después escandalosa, gritaban su nombre por las calles e incluso pegaron carteles con su foto. Pasó un mes, luego tres y por fin el año. Hasta que fue olvidado.

Me han dicho que Yuhumke se convirtió en demonio, y que hace favores a cambio de una vida. Si deseas, por ejemplo, que tu amada regrese a tus brazos, tan sólo prende una vela. Rocía la cera caliente en el piso, formando una B (de Braxos) y una “Y” (de Yuhumke) y canta lo siguiente:


Yuhumke, hijo de Nalhá, te llamo
Siervo de Braxos, te llamo
Yuhumke ayúdame
Yuhumke el desamparado vuelto príncipe
Ayúdame
Yuhumke el que ahora vive en las tinieblas
te necesito
Yuhumke, Yuhumke…

lunes, 16 de agosto de 2010

Don Genaro: El Caballero Del Suicidio Asistido / Alan R. Ramírez

Don Genaro: El Caballero Del Suicidio Asistido / Alan R. Ramírez http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf" style="outline:none;" rel="media:document" resource="http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf?document_id=35991826&access_key=key-aazl85dr94br4cwjl8&page=1&viewMode=list" > http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf"> http://d1.scribdassets.com/ScribdViewer.swf?document_id=35991826&access_key=key-aazl85dr94br4cwjl8&page=1&viewMode=list" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" height="500" width="100%" wmode="opaque" bgcolor="#ffffff">



o el link: http://www.scribd.com/doc/35991826/Don-Genaro-El-Caballero-Del-Suicidio-Asistido-Alan-R-Ramirez

martes, 22 de junio de 2010

QUE LA SÁBANA BLANCA CUBRA SU ROSTRO

CARLOS
(Continuación del relato de Ana).

Alan R. Ramírez

02/07/2008


Me dijo que me amaba, que lo hacía por mi bien. “¿Qué te amaba? No Carlitos, ella siempre te deseo lo peor”. ¡Cállate, largo! Tú nunca aceptaste lo nuestro. “Ahora mismo debe estar besándose con alguien mas”. No, por favor dile que regrese, a ti te escuchará. “No Carlos, ella no regresará”.

Hija de su puta madre. Mátala Carlos, desaparécela de la tierra”. Ésta no se la voy a perdonar. Si ya no me amaba, por qué no me lo dijo… y esa mamada de darnos un tiempo. ¡Ya sé! “No Carlos, eso no te servirá; aunque le llevaras mil rosas ella no regresará.” Debe regresar conmigo, estoy seguro de que sólo es una broma. “¿Debe? debes matarla, que la sábana blanca cubra su rostro”. Sí, tienes razón ¿Cómo se vería un cuchillo en su puerca barriga? “No, no. Piénsalo Carlos, sería mucha sangre, y recuerda que en Coyoacán pasan muchas patrullas”.

No puede ser real, apenas ayer cumplimos tres años. Quizás sea un sueño, sí, eso debe de ser. Vamos Carlos, ella se fue egoístamente, no puedes cambiar eso. Ahora debe pagar el daño; enséñale que tú eres muy diferente a los hombres con los que a fornicado”. Te equivocas, ella me dijo que yo era el primero en su vida. Otra mentira más que te exhorta a detener su reloj”.
Recuerdo el día que por vez primera la miré. Puta biblioteca, cultivo de esperanzas ¿Cuántos son los afortunados de ligar bajo las cobijas manchadas de palabras? Ahí estaba ella, ahí estaba yo, encapsulados en la cámara del silencio. “¿A dónde quieres llegar Carlos?”. Mira, la preparatoria y yo la vimos crecer. “Eso no está en juego”. Era la chica más hermosa, ante ella se arrodillaban todas las princesas, caballeros y escuderos; patentó un nuevo modo de sonreír, de caminar; quizás de llorar. “Una puta”. ¡No! Al contrarío, era un mar de sentimientos en mis entrañas; la chica tierna que suele abrazarte cuando estás destrozado por la familia. “Y la que te dejó por otro”. ¡No! Ella no puede hacer eso. “Revisa tu bolsillo. Vamos. Sí ¿qué más pruebas quieres que el que te haya regresado todas tus cartas?” Pero cómo paso. No recuerdo eso. “¡Claro que no! Yo las recogí después de que te dio una cachetada y las instalé en tu bolsillo mientras, con la mano en la mejilla, te sentabas en el filo de la banqueta.” Hija de su puta madre. Tomaré el arma de papá y haré que ruegue por su vida; detonaré sobre su cráneo todo el cartucho y, viéndola sin rostro, me iré. “Carlos, el ruido de esa arma traerá de inmediato a toda la policía y terminarás siendo una lata de comida para drogadictos”.

Yo la amo, por qué me terminó. “¿Lo olvidaste? Es fácil que te dejen cuando no fuiste programado para el noviazgo, tú naciste para leer”. Pero eso es lo que le gustaba de mí. “Quién te ha engañado. ¿Y por qué no llevaste todos los libros a la fiesta donde te engañó con el fulano aquél?”. Hablas de la foto en donde sale ella abrazado de otro en el espacio de su amiga (en Internet). “Ella se fue a la fiesta y no le importaste. Y no le importaste porque tenía a alguien más que la acompañara. Él tiene carro, dinero, sabe bailar; y tú, tímido lector de mierda”. Pero no salen besándose, quizás sólo eran amigos. “Mi ingenuo Carlos. Se abrazan tiernamente. ¿Por qué te dejo entonces?”. Maldita perra, la mataré cual Jean Baptiste Grenouille, un certero golpe la desnucará. “Carlos, serás al primero que busquen; todos sabrán que fuiste tú”.

¿Qué voy hacer? Ella es mi vida. Estudio para ser el mejor y demostrarle que puedo mantener algún día nuestra familia. Ahora mismo trabajo de repartidor para pagar lo que se le antoje cuando caminamos juntos; me corto el cabello, me rasuro y me lavo la boca con frecuencia, no es que no me guste eso, lo hago para que no le de asco besarme; los pupilentes de aumento cumplen la misma función; la loción, la ropa de moda, los detalles. ¿Qué hice mal para que me cambiara por otro? Vamos, dime cómo acabo con su vida.


“Deja de caminar en círculos. Tranquilízate. Debes entender que no hay peor puta que la que da carisias sin cobrar; por ello no habrá arrepentimiento. ¿Aún tienes las llaves de su departamento?”. Sí, aquí están. Bien. Entrarás en la noche, y sin hacer ruido descolgarás el teléfono. Antes deberás ponerte guantes y amarrar un pedazo de tela cubriendo la planta de tus zapatos. Camina entre la sombra, y respira únicamente con la nariz. Que no aborde a tu cerebro el sentimiento, sólo piensa en el daño que te ha hecho”. Continúa. Sigue. Una de tus manos presionará con fuerzas su boca y la otra se transformará en una tenaza sobre su nariz. Primero pondrá resistencia, pero con el pasar de los segundo su cuerpo quedará inerte, y después de unos minutos sin pulso. Tomarás un cuaderno, el que más use, y tíralo al suelo; no muy lejos de su cama. La tapa de un plumón, que llevaras desde aquí, la atorarás con fuerza en su garganta; con ello, pensarán que fue un accidente. Tendrás que arrastrarla hasta el teléfono, y con su mano toca todo lo que esté alrededor de él; después llévala a la puerta y has lo mismo”. Y ¿adónde dejaré el cadáver? “Justo en frente de la puerta. Pon su dedo índice dentro de su boca, como si hubiese querido provocar el vomito. No olvides dejar prendida la luz de su cuarto y la televisión a un volumen moderado. A la mañana siguiente te dirán de su muerte, lloraras, romperás lo que te rodeé”. Pero, y si saben que me terminó, qué diré. “Les explicarás, entre tu llorar y con voz confusa, que en medio año habían terminado cinco veces, que sólo era una pelea más, que estabas seguro de que todo regresaría a la normalidad al día siguiente”.



Ya estoy preparado. No. Espera. Necesito escribir una carta por si tu plan falla; aguarda en el auto. “Maldita sea, esto no es un juego Carlos. Como quieras”.

02/07/2008 a las 2:34 am
A la puta que amo:

Cómo comenzar la carta que, hasta hoy, es la más triste de mi vida. No es fácil tirar las maletas, ni la brújula que trasportaba mi cuero por febriles y turbios lugares. Duele tanto que, ahora, no sé cómo despedirme: del teléfono, del pensar y fantasear, del no poder mirar atrás; de la hermosa sensación de concebirme amado, del creer ilusamente que estarías siempre a mi lado.
Maldita perra. Te odio, no por lo que me has hecho, sino por lo que me harás hacer. Alguna vez mamá dijo que sería el mejor pianista y por ti dejé las clases, por trabajar para tus gustos. Alguna vez soñé ser el mejor, alguna vez. Puta. Maldita puta. Besar con los ojos cerrados nunca fue lo mío; ya me lo decía Marcos (cuando lograba escaparme a las “Delicias”) no confíes en una mujer que no abraza cuando tienes un dolor de muelas.
Pero te amo. Sé que he escrito más de una carta intentado terminar con punto final; sé eso y muchas cosas más. Por ejemplo: que me espera en mi cuarto la soledad, la duda de pensar si fuiste la indicada y el último cigarro que dentro de un momento se prendera.
Recuerdas nuestro primer beso. Aquél semáforo, tan sistemático, jamás volvió a ser el mismo. Los carros hacían que tu rostro parpadeara y, de repente, como arte de magia, ¡pum!, ahí estás sobre mi nariz. El humo del cigarrillo que se deslizaba sobre nuestros brazos, haciendo parecer que estábamos más cercas del cielo de lo que pensábamos. ¿Lo recuerdas? Mis pies temblando, tu respiración, la canción de pink floyd a lo lejos. ¿Lo recuerdas puta ingrata? Ahora tengo una vida en mis manos, ya lo sabrás.
Es hora de despedirme. Tendría tantas palabras que citar a este festín, pero no vale la pena escribirlas, las putas, siempre serán putas.
Quien alguna vez fue tu Carlos.
P.D. Perdona mi niña; pórtate bien, y, jamás ames más de lo que yo te ame.

“¿Por qué tardas tanto Carlos? No hay tiempo para que tiendas tu cama. Vamos”. Por favor, márchate de este cuarto. “De qué hablas Carlos, ya prendí el carro”. He cambiado los planes, siempre estuviste equivocado. La culpa no es del amor, sino de quien lo alimenta. “Tranquilo, ven a mis brazos y deja esa arma. ¡No! Bájala ahora mismo. ¡Tranquilo Carlos, que yo también muero! ”. Lo sé…

domingo, 21 de marzo de 2010

LAS PUTAS NO BESAN SAPOS

LAS PUTAS NO BESAN SAPOS
Alan R. Ramírez

Luis admiraba con rabia, desde el sexto piso de un hotel, las miserables vidas de quien caminaba o conducía su carro. El rencor, odio e ira, propiciaba que escupiese tan fuerte como le fuera posible contra la humanidad; y cuando por cosas fisiológicas un voluptuoso gargajo le salía, imaginaba que era su cuerpo desparramándose en el aire. Así -después de que la quijada se le adormecía y la boca se quedaba sin saliva-, regresaba a la cama y fornicaba sobre los pies de la prostituta que había contratado para esa noche. Llevaba varios años haciendo lo mismo; en diferentes hoteles y con diferentes prostitutas; con mayor o menor rabia, sin saber el motivo, escupía o eyaculaba en los pies de su nueva presa.


Luis fue el clásico niño que odiaba los espejos, el sapito que prefería traer mil veces una máscara antes de salir de nuevo a la calle. Después, el clásico joven que terminaba por tirar a la basura las rosas que compraba para conquistar alguna niña de su escuela; probablemente ahí anide su odio, su resentimiento hacia las mujeres que siempre elegían al atractivo patán de la clase. Quizás, y sólo quizás, ahí anide el asco a las manos de aquéllas que lo cacheteaban, frustrando sus intentos de plantarles un beso. Sin duda alguna es ahí donde comenzó el odio a los niños y jóvenes que siempre le apodaban: el sapito.


Sin más saliva por escupir, dejando el puesto de custodio ventanal, se dirigió hacia donde estaba la desnuda y bella prostituta. Se bajo los pantalones, espero a que su pene quedara erecto… y, mientras ella veía una telenovela, él comenzó a masturbarse. “Si eso fue todo, pégame para poderme ir”, dijo la puta mientras iba al baño; deseosa de quitarse el pegajoso semen. Luis, en cambio, con lentitud y tranquilamente, fue a donde estaba su mochila: primero saco un cigarro, después unos cuantos billetes y por último un cuchillo.


-Son ochocientos pesos, y te cobré barato porque no hubo penetración- dijo la prostituta.
Los ojos de Luis brillaron; y una sonrisa se dibujo en su rostro.
-Espero que tengas cambio.- Respondió Luis al momento que le aventaba dos billetes de quinientos pesos. La prostituta recogió el dinero en cuclillas, murmurando palabras obscenas: “pinche pito enfermo, pero qué culos le pasa, asch”. Justo cuando iba a tomar el segundo billete un cuchillo le atravesó el cuello. Mientras se convulsionaba en el suelo, Luis, el sapo, el sapito, fue a escupir de nuevo la ventana.

Al cabo de media hora, el cuerpo de la prostituta estaba rebanado y tétricamente apilado: la cabeza sobre las piernas, las piernas sobre los brazos, los brazos sobre su pecho y cintura; excepto los pies. Los pies de la puta, de uñas pintadas color cereza, se encontraban dentro del calzoncillo de Luis; atorados delicadamente con su cinturón.


Prendió su cigarro, marcó a la recepción: “señorita, puede mandar a alguien. Sí. Lo que pasa es que tuve un accidente y quiero que limpien los imperfectos que cometí. Sí, los espero. Gracias”.

Desde la perfecta incisión del cuchillo de cocina, habían pasado, ya, una hora y cuarenta y cinco minutos.


Se escuchó el primer “toc, toc” en su habitación. Luis apagó la televisión, prendió rápidamente otro cigarrillo y… el segundo “toc toc”. Un sonoro grito salió de la recamarera al ver la sangre; no lo pensó dos veces para correr de nuevo a recepción.


Abajo comenzaron a llegar las patrullas, las cámaras de televisión y la muchedumbre que esperaba saber qué había pasado. Cada uno era recibido con un escupitajo. Después comenzaron a caer objetos del sexto piso del hotel; como: las toallas, cobijas, el teléfono. Hasta que, pasado un tiempo, no quedo nada por lanzar.


Prendió el último cigarro que le quedaba, se dirigió al espejo y escribió con el lápiz labial de la prostituta: “aquí estuvo el sapito”. Una lágrima se deslizó por su mejilla, la misma que había sido abofeteada tantas veces. Dio cuatro pasos hacia atrás de la ventana y, sin pensarlo, se aventó. Mientras Luis caía, se imaginaba que era uno voluptuoso gargajo desparramándose en el aire.

lunes, 15 de febrero de 2010

EL HORMIGA

(La Religión de los Dioses)
Alan R. Ramírez

Nunca existirá un hombre tan creyente como la “Hormiga Atómica”; la única persona que no podía ser aniquilado por un pesticida y el símbolo patrio de nuestra colonia. En mi niñez, la hormiga, era el “Boggie Man” versión pirata: bastaba que mamá mencionara su apodo para que hiciera mi tarea y las labores domésticas necesarias. Era tan grande el temor que le tenía a la Hormiga que incluso logró que agachara la cabeza cuando se cruzaban, por contingencia, nuestros caminos. Poseía una peculiar mirada: rencor y odio; profundidad y esoterismo. Se le conseguía ver todas las tardes en las “Delicias” –pulquería de mi barrio y en donde yo pasé mis primeras borracheras. Custodiaba la puerta del lugar. A veces lo dejaban hacer la limpieza de aquella taberna por unos cuantos vasos de cañita y, si bien le iba, hasta mezcalito.

Cuando cumplí los dieciocho años papá me llevó por vez primera a las “Delicias”; pensaba que un hombre debía tomar su primera cerveza entre hombres. Como recuerdo ese día. Me sentó a su lado y comenzó a platicarme de las responsabilidades que debía tener ahora que era un adulto. Mientras bebía su cerveza me indicaba lo bien que debía portarme, que Dios me observaba ¿se imaginan? Así era el viejo. Entre aquellos consejos una voz tan calida como aguardentosa dijo: “¿Qué Dios nos observa? ¿Qué sabéis tú, ingenuo, de eso?”. Volteé de forma estrepitosa, jamás había visto a un ser en el planeta que desafiara a mi padre, era el Hormiga. Papá le mentó la madre, y siguió con su charla. Fue el primer acercamiento hacia ese hombre de abundante barba, de unos 35 años y nauseabundo olor.

Después de un tiempo “Las Delicias” se convirtió en mi segundo hogar. El alcohol me daba una vida llena de absurdas y enloquecidas experiencias; aprendí, por ejemplo, que las más cachondas en la cama son las gordas, ó que hay que poner la cabeza justo en medio de las piernas para no vomitar sobre la camisa. En cuanto a mis aventuras se encuentra el día que besé a las tres hijas del dueño. Sin embargo nada se le comparó a las enseñanzas que recibí del Hormiga. ¿Qué cómo consiguió un teporocihin cualquiera llegar a entablar plática conmigo? Seguramente todo comenzó en una infecunda peda -de esas donde ni las moscas desean embragarse de su podrido néctar- sólo la callada y pensativa Hormiga. Pinche vago, a nadie le hablaba, por una extraña razón se identificó conmigo, al menos eso decía. Cuál sea el pedo descubrí mucho de su pasado. Nació en Madrid, España ¿Cómo fue qué llego a México? Según él, venía en busca de un tal “Villoro” y sepa la chingada que más. Lo cierto es que era, y con el tiempo descubrí que “es”, una persona muy lucida.

Al principio sólo le daba el avión, esperando que pronto llegara algún amigo. Después comencé a interesarme en las diferentes concepciones que tenía de la vida, de la libertad, del tiempo; decía, por ejemplo, que el amor era lo que todos buscamos y lo que nos destruye o nos impulsaba a destruir, ó que el hombre necesitaba al hombre para darle un motivo a su existir. Todo era tan loco, tan excitante. Hasta que un día de tantos descubrí que me encantaban sus pláticas, cada palabra era sabia para mis oídos. Sus interesantes temas me exhortaron a llevar una pequeña libreta para escribir lo que decía, pero al tener una pronunciación muy españolada decidí llevar un Ipod; aunque salió lo mismo. Con frecuencia desprecié las suplicas de mis amigos o de mi novia para ir a dar el rol, intentando con ello buscar el momento en el que el Hormiga se encontraba sólo y así seguir con el debate de un día anterior.

Cierto día le pregunte: “¡hey Hormiga! ¿Qué piensas de Dios?”

-¿Dios? ¿Acaso no sabéis que sois vos un Dios?- negué con la cabeza - Creerlo mi Altísimo Señor; creerlo mi amado, noble e insuperable Dios. Vos habéis logrado que este mundo tenga un sentido. Sin vuestra divina presencia, yo, no estaría bebiendo o platicando con vos y, nada, absolutamente nada existiría.

Sabía que lo que decía era un total disparate, pero algo me incitó a seguir con el juego. Apunté el micrófono de mi aparato hacia él y ataqué con una nueva pregunta: “si yo soy un Dios ¿quién eres tú?

- Sé que vos tenéis la máxima sabiduría, y que con ella te apiadaras de mi insolencia al decir que he de ser vuestro consejero.

-Seguro que estás bromeando Hormiga- prendí un cigarro y continué- suponiendo que fuera un Dios, y que tú eres mi consejero ¿Qué tienes que aconsejarme?- de forma sarcástica dije, más mi sorpresa fue mayor cuando escuche su respuesta.

-Que no existe Magnificencia absoluta que no sea la de vuestra presencia. Por ende vos seréis llamado por todos: Dios.

-¿Quieres decir qué soy el único Dios que existe?

-¡No! hay miles.- Dijo mirándome fijamente a los ojos- Y aquellos que alaben a otro Dios que no sea el que se halla dentro de su ser deberán perecer. El no reconocerte como Dios representa la más alta traición a vuestra Magnificencia.

-Pero hormiga: si todos los seres son Dioses ¿en dónde seremos adorados?

-No existirá un templo para vuestra hermosura; tu reinado se encuentra aquí y ahora. No busquéis la luz en la oscuridad, bastante poseéis con el mundo entero. Respetaras todo lo que habite en tu reinado, ya que vos lo habéis creado a tu semejanza: tan bello, tan perverso. De tal manera que vuestros actos se verán reflejados en este mundo, que es el único. Más cuando te encontréis con algo que atente contra vuestro reinado, será prudente que terminéis con su existencia cuanto antes.

-¿Por qué? ¿Cómo? ¿De dónde sacas que soy un Dios?- mis palabras se devoraban unas a otras, dando un efecto de tartamudez.

-Vos tenéis la absoluta voluntad del poder, del elegir, del comprender el bien y el mal.- Bebió de un golpe la cerveza que le había comprado- Seréis el único que se conoce por dentro y por fuera, con tal perfección que nadie dudará de tu bella sabiduría. Seréis tan brillante, que los brutos salvajes se evaporarán al verte; o se postraran y cegados te llamaran: Nuestro Señor.
Algunos viejos de saliva espesa, que se hallaban a nuestro alrededor, murmuraban, maldecían, o pegaban con fuerza las fichas del Dominó para callar las palabras del hormiga. Yo, sacudido por cada una de sus palabras, le pregunte: “de no creer lo que dices ¿qué pasaría? ¿Cambiaría en algo?”.

-Pensar que vos no sois un Dios sino una simple creación, manifiesta vuestra falta de iniciativa propia, incapacidad de comprender vuestra magnificencia y por lo tanto: “vuestro derecho a perecer”-. Su voz fue agresiva. Le pedí al dueño que nos trajera otra ronda de cervezas y más limones.

-Sería un salvaje, ¿no hormiga?- fui por las cervezas. Antes de que lograra arrimar hacía él un tarro, respondió mi pregunta.

-Sí, y vuestro Salvajismo debe ser exterminado. A ellos se les exhortara a esconderse entre la oscuridad, ya que fueron creado para eso. Cada gota de su miserable sangre habrá de ser utilizada para amamantar a vuestros hijos, de tal manera que gozará ese veneno de aniquilarlos. Nuestra guerra traerá paz, y vuestras tripas desparramadas el nuevo sol.-
Se puso de pie y, dándome por primera vez la mano, dijo: “Es tarde, quizás mañana te explique tu nueva cruz”. Dibujó, con el charco de cerveza que siempre queda en el fondo del baso, un extraño logo y se fue sin mirar atrás. Le pedí al dueño una pluma, fui al baño por un pedazo de la sección amarilla, y traspasé aquel dibujo.

Aquella noche no dejé de pensar en lo que me había dicho el hormiga. Aquél signo debía tener un significado oculto, algo subliminal. Pensé y pensé. Al día siguiente fui a buscarlo, pero nada. Al otro día… nada. Una semana después y nada. Una quincena y, de nuevo, nada. Desesperado comencé a preguntar por él: “Güey, ¿no sabes nada del hormiga?” al dueño de las Delicias, a los cuates del barrio, a la gorda que siempre me acosaba y, otra vez, nada.

Tengo veintiséis años, y cada semana voy a un bar diferente esperando verlo. Ya no es el signo por lo que lo busco, sino que todo Dios debe tener a su consejero.

jueves, 28 de enero de 2010

Carlos y Ana (cuentos para pendejos).

Alan R. Ramírez.



ANA
(Primera parte)

Hubieras visto su cara. ¡No Raquel! Pero si ya no hay amor, para qué lo tengo atrás de mí oliéndome la cola como perro.
¿Qué cómo lo corté? Primero lo dejé esperando una hora y media en el metro Coyoacan. Antes di que fui, ganas me sobraban para irme de peda contigo perra. Sí, ahí seguía, escribiendo en su cuaderno. Sus ojos, no mames güey […] para cagarse de la risa. Yo hablo como quiera de él, que por mucho tiempo disfruto mis nalgas. ¡Aja! Fue el primero. Era un asco güey. A mí me gusta que me sometan, la adrenalina, que me graben mientras mi cabeza está en medio de sus piernas. ¡Hay! Ahora resulta que tú eres diferente, si te conozco mosco; todos se enteraron de la vez que te encerraste con Eduardo en el baño.
Lo reconozco, Carlos sabía dar buenos besos ¿Cómo que por qué lo dejé? Pues creo que después de todo, ya no soy tan apasionada a leer e informarme, mucho menos a los debates. Y, esque, realmente él no me necesitaba, lo que le hace falta es una enciclopedia. No sabe bailar, no tiene dinero, y no le gusta el alcohol. Sí, un verdadero martirio güey. Ándale, igualito a tu ex. Yo nací para conocer el mundo.
Acompáñame al baño, no seas malita. Pinche Raque, vamos. Sí, sí, me leíste la mente, yo también muero de hambre, pero primero al baño.


Me regalas una servilleta. Hay que lindo, gracias. Espera Raquel […] ya. No sólo lloró, también me la hizo de a pedo. Sí, por la foto que trepaste a la web. Al contrarío Raquel, me hiciste un parote. No. Para qué le doy explicaciones, ni que no supiera que le ponía el cuerno. Ya se le pasará, aunque dicen que el primer amor es el más difícil de olvidar.
El otro es un insaciable, es como si no le diera abasto. No güey, nada lo llena; eso es lo que me atrae de él. Nunca habla: ni cuando vamos en el carro, hacemos el amor, o… Pero por supuesto que me he quedado a dormir en su casa. No mames pendeja, cómo van a saberlo mis padres. Pues les digo que voy a una fiesta o a tu casa. Sí güey. Es un misterio. Me siento protegida. Excitada. Creo que lo amo…
…Carlos se puede ir a la chingada.