Mostrando entradas con la etiqueta Alan Rojas Ramírez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alan Rojas Ramírez. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA JUSTA SOCIEDAD FRATERNAL DEL GRAL. FELIPE ÁNGELES / Alan Rojas Ramírez



  


   "Mi muerte hará más bien a la causa democrática que todas las gestiones de mi vida. La sangre de los mártires fecundiza las buenas causas".
                                  Felipe Ángeles




Sobre la heroica aura, brío indiscutible de estratega militar, el titán de la artillería, Felipe Ángeles, ocupa ya un lugar en el pensamiento filosófico de México. Soñador de la futura sociedad democrática, fiel a la soledad, temerario, se consagra como el moreno arquitecto de la Justa Sociedad Fraternal. Sea pues el presente escrito un motivo para explorar en las intempestivas aguas del pensamiento del General Ángeles. 

“Más vale morir corriendo tras una ilusión, que vivir desesperanzado. Si nos ha tocado la dicha o la desgracia de vivir en una época de prueba en que se juega el porvenir de la patria, abriguemos la esperanza de que nuestros hijos tengan el orgullo de decir: cumplió con su deber”. He decidido comenzar propiamente con estas palabras de Felipe Ángeles (carta a Emiliano Sarabia), por la capacidad de aglutinar su ardiente espíritu por la construcción de México democrático. Es, sobre todo, el manifiesto de un actuar social desinteresado por el mezquina búsqueda de obtener el poder; que como veremos más adelante, será uno de sus planteamientos antidictatoriales.

La democracia, aquella ilusión a perseguir y cuya fortuna se materializará en la Justa Sociedad Fraternal, tendrá su corazón en la educación e instituciones y fielmente velada por un ejército nacionalista, patriótico, que ostente la virtud de actuar como digno representante del pueblo. Es la representatividad hacia los comunes lo que imposibilita al mismo de reprimir o sofocar los sentimientos populares; es decir, su libertad a manifestarse en lo público. Ángeles tenía claro que era necesario destruir los ejércitos serviciales al caudillaje, pues “todo caudillo satisface naturalmente las condiciones de un dictador y sus tropas constituyen el instrumento más adecuado a su despotismo”, dando pasos agigantados a la corrupción para manifestarse como ente opresivo. Es, por lo tanto, el ejército al servicio dictatorial quien pone en riesgo las instituciones democráticas y anula  la participación ciudadana en lo público a consecuencia de una ceguera mercenaria.

El arribo a la Justa Sociedad Fraternal recaía para Ángeles en dos pasos, en la pronta reincorporación de la Constitución del 1857, y la representabilidad popular para hacer  todas las reformas a fin de perfeccionar las instituciones democráticas. Entre los dos pasos, manifestados propiamente en el Plan de Río Florido en 1918, propone en pleno desenvolvimiento revolucionario: gobiernos provisionales designados por el voto público, con miras a nuevas elecciones “de autoridades locales definitivas”. Así como la convocatoria a elecciones federales al término de la revolución por cualquier jefe supremo  que las fracciones revolucionarias nombraran. En este ejercicio de democracia, de sufragio, tanto gobiernos provisorios como definitivos tendrían que someterse a la voluntad del pueblo. Bajo la estabilidad habría que retomarse los trabajos legislativos y administrativos “de pasadas asambleas y gobiernos revolucionarios” por el Congreso de la Unión; ya sea para legitimizar o rechazar.  

Los planes democráticos para la Justa Sociedad Fraternal no son a mediano plazo, como expuse líneas arriba, ¡no!, es aún más complejo. Ciertamente es indispensable proteger las instituciones democráticas al igual que hacer las reformas pertinentes para su perfeccionamiento, sin embargo Ángeles vería que ello no podría por sí solo asegurar el próspero futuro, la patria que buscaba para sus hijos.

El corazón de toda cultura democrática recaerá en la educación del pueblo. Es la educación la que puede empoderar y lograr someter a sus servidores públicos bajo sus justas demandas; sobretodo, el pueblo puede valerse de esta educación para despertar valores éticos y morales que ofrezcan a los comunes un sentido de felicidad al cuál acceder, y la responsabilidad de sus acciones: "para que el pueblo mexicano sea feliz, es menester que él quiera serlo”. Bello es su interés por despertar a temprana edad los valores que emancipen al pueblo, al ciudadano, de lo que llamaría “pasiones malas”; las cuales son generadas por la ignorancia. La sentencia es que la educación, ética, moral, debe concentrarse en los niños.

Al respecto debo hacer un pequeño paréntesis de quisquillosa curiosidad. En su texto Autodefensa (1916), escrito a razón de las injurias hacia su persona por medios de comunicación de carrancistas y huertistas, señala que diversos intelectuales no sean “capaz de salvarlos del pertinaz azote de los dictadores que tienen encorvadas las espadas de los mexicanos”. Y elogia –sobre la ignorancia de la cultura democrática- a Villa como hombre de acción.  ¿Será pues que detrás de la educación debe existir una energía, una pasión positiva, es decir que la simple educación no bastará? Bueno, cierro el paréntesis.

El mexicano, de Felipe Ángeles (y quizá su modelo de humanidad), es aquél que pude ser dueño de sus acciones, que “tiene iniciativa propia”, totalmente emancipado y, sobre todo, “principios sólidos para la vida”. Sólo entonces, liberado de las “pasiones malas”, puede sentenciar: “Si nuestra obligación nos llama algún día a la lucha, no podrá ser más que por los ideales que conduzcan al engrandecimiento moral y material de nuestra patria”. Ahora, ojo, lo material es consecuencia del engrandecimiento moral; es decir de la interiorización a la materialización.

¿Por qué tanto énfasis en la construcción social sobre una base ética-educativa? Históricamente, argumentará, cuando un pueblo regido por las pasiones malas, sin moral, sin educación, que tiende a comportarse instintivamente este no siempre tendrá actos justos. Por ejemplo el robo y “la salvaje carnicería” que se dio en la dictadura huertista a razón de la simple intención de “desposeer al enemigo de sus riquezas”. Claro está que dichos impulsos se legitimaban a sí mismos: “por falta de instrucción, los revolucionarios, pensando hacer un bien al país, han suprimido de golpe, en principio, el régimen de la propiedad privada, sin darse cuenta de que con eso, en un país tan atrasado como México, sólo crean un despotismo infinitamente peor que el de Porfirio Díaz”.

Sin pretensión de hacer de la educación una panacea, sólo ésta puede revertir la alienación de los comunes. Un pueblo sin pensamiento crítico hace daño a la nación. La propaganda puede ser digerida con facilidad, como Carranza lo hizo al intentar ganarse al sector obrero con reformas socialistas cuando lo único que le interesaba era aumentar su “poder despótico”. Al respecto, y solo para acentuar, Ángeles se apropiará de una máxima H. G. Wells: “La educación debe preceder al Estado socialista”.

Pues bien, cerremos este pequeño esbozo interpretativo del pensamiento del General concluyendo que la Justa Sociedad Fraternal es aquella con la capacidad de crear consenso, de hacer participe a todas las ideas y pensamientos. Por ello la importancia de leyes justas e instituciones democráticas.  “la democracia también consiste en que cada uno se baste a sí mismo para que, en unión de los demás, pueda ser libre y, por tanto, disponer de libertad en su gobierno, en sus hechos, en su vida propia”. Sostenido sólo por el pueblo educado en el campo de la ética.





lunes, 4 de agosto de 2014

NADIE EN CASA Alan Rojas Ramírez

Nadie en Casa
Antología poética, 2012 – 2014
por Alan Rojas Ramírez


Diseño de portada e ilustraciones Diego Rodríguez

lunes, 17 de diciembre de 2012

El profeta de los mudos / Alan Rojas Ramírez



 
EL PROFETA DE LOS MUDOS


De tanto zurcir bocas
otro dialecto emergió,
reacción que arpegió
en pestañas y manos zocas,
en pies, mohines y sudores,
otro idioma…
…otros corazones.

                     1
                                                                                  [Y la pupila del profeta dijo:]
Callar el aleteo de sus brazos
Y el balanceo del mentón.
¡Callar el líquido tic de sus fracasos
Y el sistemático tac del tacón!
Apreciar
Que no es condición necesaria,
Ni armonía involuntaria
Enmudecer para escuchar;
Bien-apreciar
Que aún perdiendo el habla,
Certero golpe lanza
el dedo índice al enjuiciar.
                                                               [y al ver los llorosos ojos del mancebo, continuó]
Peor para el amante-amoroso
Poseedor de resplandecientes elogios,
Pues aun repleto de vastos jardines,
Habrá de abrazar sólo rocas y jazmines.
                                                                              [y al ver los pies del indiferente, continuó]
Buena fortuna ostentará el granuja,
Quien briba en yermo paraje,
Hará que la flor de la moza estruja
Al extirpar de su ceño un brebaje;
¡Oh! crápula: aquella-bella y crédula muda,
Que sucumbió con mirada encandilada,
Podrás tenerla siempre desnuda
Pero jamás lograr que se sienta amada.
                                                                       [y al ver los pómulos de la inocencia, continuó]
Sin duda ganarán los niños,
al domar cada uno de los hilos;
Pues de la serpenteante hebra nacerán sonrisas,
y cada sonrisa un canoro himno.
Así entenderán que en impúberes y gurisas
Se halla la jerigonza de los hombres del futuro.
                                                                            [y al ver las arrugas del pensativo, continuó]
¿Con cuánta ropa el ataúd se queda?
Elegir bien entre algodón, lino, lana o seda;
Pecado sería permitir que tanta vida-muera sin estética,
Y de locos abrigar la resplandeciente piel con fibra sintética.
                                                              [y al ver los zurcidos labios de la multitud, continuó]                        
Cuánta pena recae en mí sin amarlos
Al ver sus bembos remendados.
Les exhorto a besar con los brazos,
Al absurdo intento de cortarlos.
Pues al final hicieron lo que quisieron.
Pues al final amaron lo que desearon.
Caminaron sobre piedras erguidos,
Subieron firmes por la escalonada
y
 Verán
       que van
             De bajada
                     Los hombros,
                           de quienes hoy son mudos…
                                        …de quienes siempre fueron sordos.
                                   2
[El profeta cerró los ojos, y con ellos dijo:]
Si el corazón era ritmo: ¿por qué hicieron tanto ruido?
Jamás entendieron que las mentiras y verdades
Coincidían  en el melódico suspiro.  
    [y el profeta se desvaneció en la  espontánea        
         ceguera de la muchedumbre][punto-final]

jueves, 6 de diciembre de 2012

El amor se recicla / Alan Rojas Ramírez



Sé de personas que tiran el amor a un cesto de basura; allí, junto a las cáscaras del cítrico y el papel sanitario, por encima de las facturas, envolturas, frascos de vidrio y por debajo de las secas latas de cerveza. Se tira porque ya no sirve. Se tira con certeza. Se tira… se tira porque conservar peligrosa incógnita, no sólo fulmina sentidos, sino que pone en riesgo la vida misma.

Cuánto daño más crearemos a nuestro entorno y sociedad, antes de saber que el término basura nos involuciona; que su mención es ya en sí acultural. Es por demás decirlo: siempre que tengas un cesto llamado “la basura”, “la basura” serás. Por el contrario, “reciclar” resalta la virtud más grande del humano: la multiplicidad del ser.
  
Imagina que dejas de funcionar (basta con pensar en un fracaso) y te depositas en un gran cesto. Te piensas. Qué soy y qué puedo llegar a ser. La botella de vidrio no puede ser una pelota de plástico, pero sí una pelota de cristal cuya estructura la hará única y de función específica o diversa. Sales del cesto. Eres otro y el mismo… te has pensado y reciclado.
  
Así, notarás, que el amor puede tener la misma fortuna de ser acopiada para su reciclaje. Todo des-amor merece un cesto en el que se piense, se dé a sí misma una minuciosa y exhaustiva introspección que la impulse a volver. Lo que sería un error, es colocar al des-amor con el olvido, con el papel sanitario o junto a la decepción y por debajo de la seca lata en una bolsa que seguramente terminará enterrada por miles de bolsas, costales y cerros de heterogeneidad en espera de ser succionada por la homogeneidad milenaria.
  
Si tiras el amor en un cesto de basura, es seguro que no vuelvas a saber de él; sólo te quedará esperar a que otro te ofrezca una porción del amor que posee. Y si aquel tirado amor corre con la suficiente suerte, algún pepenador, individuos discriminados por las papilas gustativas de los comunes, podrá traerlo de vuelta. Pepenador  que hará  eso que en un principio te negaste a realizar: reciclar.  

       
 Alan Rojas Ramírez